Al fin solo

Un viejo tren de vapor hace sonar su sirena dentro de la habitación. Mas los humos no salen precisamente del ruidoso despertador. Paco no ha conseguido pegar ojo en toda la noche, y le hace saber al impertinente tren que ha sonado en un momento equivocado. Sin pudor alguno lo engancha con sus gruesos dedos y lo arroja con fuerza a cualquier dirección. El molesto aparato, que no pesa demasiado, coge altura con facilidad y choca contra algún objeto en medio de la oscuridad. Por el sonido que hace al romperse contra el suelo, Paco deduce que se trata de una botella de cristal que, hasta la noche anterior, guardaba vino joven en su interior.
Esto la recuerda el intenso dolor de cabeza que le ha acompañado toda esta noche en su lecho. A medio camino entre el mareo y la resaca, lo cierto es que ni el cuerpo ni la mente de Paco han recibido el descanso que tanto merecían. Aunque no recuerde apenas qué es lo que ha hecho hasta antes de acostarse, se arrepiente de haberlo hecho. Pero estos arrepentimientos, que sobrevienen en su pensamiento muy de vez en cuando, son muy débiles para tan siquiera intentar enfrentarse a la fuerza con la que está amarrado a la rutina de sus actos. Lleva unos pocos años en que la vida lo ha encerrado en una costumbre de la que tiene bastante difícil poder escaparse. Su misión se ha limitado a dejarse llevar, viendo pasar las horas, y siempre escoge el camino más corto a las sensaciones que más puedan asemejarse a la felicidad. Y el vino joven, cosecha de su tío Alberto, acorta aún más ese camino.
Se yergue con pereza y dejadez de la cama. Poco a poco, pues la cabeza aún le da alguna vuelta más, como las que da un ventilador justo después de presionar el botón de apagado. Un ligero escalofrío recorre todo su cuerpo, partiendo del vientre hacia todas las extremidades. Se repite un par de veces más. Hace frío ahí fuera, mas Paco tiene la suerte de vivir en una casa bien abrigada, herencia de su padre. Además, aún lleva puestos los vaqueros y la zamarra de la noche anterior. Paco se dirige a la cocina porque allí guarda el remedio contra estos estremecimientos, que cada vez son más habituales. Una pequeña botella de cristal reluce con brillo propio junto a dos pequeños botes de porcelana, con sendos letreros ‘Sal’ y ‘Aceite’. Y en la botella, una pequeña pegatina que dice ‘Doble V’. O eso era entes. El pobre frasco ha sido víctima de numerosos rellenos y ha perdido en parte su original transparencia. Paco desliza el corcho, recubierto en su parte posterior del mismo cristal que el resto de la botella, y escucha el peculiar ‘puc’ que suena al abrirse. Le resulta curioso y a la vez agradable, pues todos los días coincide en el tiempo con el último escalofrío de la mañana. Alza al aire el recipiente, rodea su abertura con sus prominentes labios y deja correr ese líquido amarillento por su garganta. Poco después siente el oportuno calor que le invade el estómago y, al menos hasta mañana, ya puede olvidar los molestos temblores con los que despierta. Y este alivio estomacal solo puede ir bien complementado con un ligero placer pulmonar: un arrugado Ducados arde ya con prisa entre sus amarillos dientes.
Un recipiente metálico guarda en la nevera la leche que Paco se dispone ahora a calentar. Y como siempre, dos tazas. Ambas con la misma dosis de azúcar y de cacao. Una cuchara y un croissant con cada una para completar el set. Uno de ellos se queda en la cocina, en una pequeña mesa de madera que había sido creada por su gran abuelo, hombre del que tiene no pocos recuerdos y al que visita con mucha asiduidad en el cementerio municipal. El otro set lo coloca ordenadamente, o al menos lo mejor que su malestar le permite, encima de una bandeja. Aún le queda un pedazo a la leche para estar lista, cuando suena, desde un par de habitaciones más allá, un retintineo propio de una campanilla de cristal.
- ¡Ya voy ahora, padre! ¡No se impaciente, coño!-. Paco lanza al aire una voz ronca, que resuena aún mas grave por el pasillo de la casa.
El viejo Francisco sobrevive postrado en la misma cama desde hace muchos, eternos años. Victima de numerosos accidentes laborales, fracasos sociales y desahucios familiares, su corazón ha decidido dejar de latir con la misma intensidad que antaño. La cuerda que le tiende su hijo no es suficientemente larga para sacarlo del pozo.
El ruido de la campanilla penetra por los oídos de Paco, propinándole al cerebro severos puñetazos cual peso pesado. Bandeja en mano, se encarama a la parte posterior de la cama. Ayudándose de una mesita supletoria, Paco alimenta a su padre. Más hoy parece no ser capaz de digerir bien. Un par de cucharadas después, el padre agarra con fuerza y firmeza el brazo del hijo. Lo atraviesa con una profunda mirada que Paco jamás le había podido ver y que jamás podrá –ni querrá- comprender. La mano del anciano pierde fuerza lentamente, al igual que se desvanece la intensidad de su mirada.
Sentado en un viejo sofá. Los ojos clavados en un viejo Sanyo sin encender. Haciendo caso omiso a sus sentidos. No le queda nada por ver, ni por oír. Ignorando el fuerte hedor a sudor de esas ropas que lleva más de tres días sin mudar. Indagando en lo más profundo de su alma.
La persona a quien debe su pobre existencia y su maltratada esencia ha tomado ese camino que Paco lleva tiempo soñando con caminar. Intenta con todas sus fuerzas dedicarle alguna lágrima a su último difunto, más Paco nunca se ha llevado bien con la hipocresía.
La soledad ha siso desde siempre su más fiel amiga, aunque únicamente en este preciso instante puede llenarse de razón, abrir bien la boca y gritar al aire eso de “al fin solo”. Unos minutos más de vacío, de nada. Quizá horas.
Paco se levanta y se dirige hacia la cocina. En seguida encuentra el cuchillo que buscaba, todavía con restos del jamón que se había acabado ayer. Su último placer. Se remanga la zamarra. Una cicatriz en su muñeca izquierda le provoca un vago recuerdo en medio de la nada. Ese mismo método no le funcionó con diecisiete años. Hoy no quiere fallar. Sale de casa en la procura de su escopeta, única ayuda en su vida para sentirse escudado ante los demás –aunque sólo fueran pájaros-. En el cobertizo hace frío. Los excrementos de los animales que allí habitaron aún permanecen esparcidos, inundando de un insoportable ambiente el cobertizo. Como última voluntado, Paco desea algo de dignidad. Sabe que si no la mereció en vida, no la merece para su muerte. Aún así se la otorga.
Arma en mano entra en su casa, cerrando tras de sí el cerrojo de la puerta. Se adentra en su habitación y se recuesta, boca arriba, en su amado lecho. Observa una vez más esa penumbra a la que muchas preguntas lanzó, pero de la que jamás vino devuelta una respuesta.
Dicen que justo antes de morir, toda la vida pasa ante los ojos de uno. Pero con el dedo índice derecho rodeando ya el gatillo del fusil, Paco se alivia por que eso no le haya ocurrido a él. Exento de cualquier tipo de sentimiento, la cara de Paco esboza una última sonrisa.

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