Un gesto de amor

Un sábado más. Ahí fuera es noche cerrada, aunque potentes focos multicolor pintan de luminosidad tu entorno. Envuelto en gran cantidad de vatios de sonido. Un altavoz en cada esquina, un mezclador –o destructor, según se mire- de ritmos justo en medio. Fuentes de agua poco potable a cada lado. Buceando entre hedores y perfumes, diluido en los descoordinados movimientos de la muchedumbre. Bailas al son que tu propio subconsciente te marca. Ante la imposibilidad de mantener una conversación mínimamente coherente con alguno de los tuyos -bien sea por el atronador ruido, bien por la dejadez de tus cuerdas vocales-, usas la vista como sentido prioritario para obtener algún tipo de sensación que conlleve pequeñas dosis de placer. Pocos giros de cuello después, encuentras un motivo para detener tu mirada.
Larga melena al viento, que se erige sobre una figura escultural, de proporciones que cumplen punto por punto tus más exigentes gustos. Mirada con brillo propio, dos pequeños astros alrededor de los cuales girarías, sin pensarlo, el resto de tu vida.
No tienes el suficiente atrevimiento para caminar hacia delante, mas tampoco eres tan cobarde como para apartar tu mirada de ella. Exista la telepatía o no, intentas reconducir todo lo que entiendes por energía positiva hacia esa mujer. Y se cumple lo deseado. Esa belleza se gira, posando sus pequeños astros en lo más profundo de tu alma. Ahora es ella quien no aparta la mirada. No sabes qué gesto hacer. Consciente de ello, te enseña el camino dibujando en su boca una sonrisa que alegra tu corazón tanto como no lo hará nadie jamás. Se la devuelves. Y sigues ahí, cual tortolito, sin indicios de reacción alguna. Un beso por el aire para acariciarte las mejillas y derretirte por dentro. Un guiño de ojo para subir tu adrenalina hasta los topes. Y un movimiento con el índice de su mano derecha, de adelante hacia detrás, para empujarte hacia ella. No ves la cadena, mas caes en la cuenta que ya eres preso de su belleza. Y te dejas llevar, cargando a tus espaldas con todo el amor del que dispones. Das un paso, dos. Su sonrisa parece indicar mayor alegría aún. Piensas que no sabrás qué decirle, pero sabes que cupido te susurrará las palabras oportunas.
Das otro paso más. Sientes un golpe seco en la espalda que te desequilibra, pierdes la orientación. ¿Qué o quién habrá podido estropear este bello momento?. Buscas con cierta ansiedad la cara sonriente de antes. Y la encuentras. Y lo ves a él también. Grandes letras completando el anagrama Dolce&Gabanna, pero insuficientes para cubrir tan sólo la quinta parte de su espalda. Una de las manos que antes te golpeó la espalda amarra por la cintura a tu deseada, la otra por el cuello y… jamás te habrá dolido tanto un gesto de amor ajeno.

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