Él

Científicamente no es más que una estructura de cosas muertas. Para ti todavía es algo desconocido. Y ahí está él. Cómodo, posado en lisa y cálida superficie. Aunque solo, sin nadie más de su especie, sin amigos. Un buen día, o una buena noche, quién sabe –lo seguro es que estuvo bien, aunque pudo estar mejor-, el infortunio decidió de manera brusca su destino. Antes formaba parte de ti, aunque ahora no notes su ausencia. Y ahí sigue él, mirándote con cara de tonto, pues sabe que no le haces caso, consciente de que es imposible que pueda volver a ti. Sin saber qué será de él. Se cabrea contigo, pues pasas olímpicamete de él. Y comienza a planear su venganza. Por fin llega el día en que la puede ejecutar. Hoy tienes visita. Él sólo desea humillarte en público. Se intenta estirar, se desliza con movimientos rápidos, lo intenta también con movimientos suaves, pero no logra llamar la atención de tus invitados. Acaba desistiendo. Hundido en la más profunda de las tristezas, se siente insignificante.
Pero una tarde cualquiera, de un día especialmente soleado e iluminado, te das cuenta con gran sorpresa de su existencia. Piensas en cómo pudo haber llegado hasta ahí –lo más probable: en cualquiera de esos buenos momentos-, piensas en los malos momentos que te pudo haber hecho pasar ante tus visitas. Y sale de ti la vena más insolidaria e inhumana que llevas dentro. Con delicadeza –no exenta de un poco de asco- lo coges con un dedo, lo apartas de donde estaba y lo tiras al suelo. Con un fuerte soplido te aseguras de que no haya ninguno más como él. Ignorando sus sentimientos, recordando tan sólo tus placeres. Así decides terminar la historia de ese pelo en tu teclado.

Technorati Tags:

0 comentarios:

Comentarios